viernes, 25 de marzo de 2016

Marcelino, pan y vino (1954) de Ladislao Vajda



Los frailes se harán cargo del pequeño Marcelino
Desde mi punto de vista ''Marcelino, pan y vino'' es una auténtica oda al mal gusto, y no porque, como he leído por ahí en diversos comentarios, vaya afín al contexto de la España de la época, con un ensalzamiento excesivo de la religión, sino porque presenta una lectura que a mí me parece aberrante e incluso, voy a decirlo, sádica. Y me explicaré. La película pretende ser tierna, evocar la lágrima fácil haciendo uso de una ñoñería un tanto pedante, usando al niñito protagonista (muy tierno él, no cabe duda) para despertar la sensibilidad del espectador. En efecto el niño es una ricura, su inocencia se contagia y es imposible no compenetrarse con él. El pequeño Marcelino, fue abandonado en la puerta de un convento de frailes, éstos lo recogieron y lo cuidaron, muy bien. El pobre pasa sus cinco primeros años de vida entre ellos, es divertido, travieso y hasta lo pasa bien como buenamente puede (triste que el único contacto que tenga con alguien de su edad sea un amigo imaginario con el que habla, el pobre chaval presentaría en el futuro un claro desorden mental). Lo más acojonante es que en determinado momento, el niño sube al ático del convento y comienza a hablar con un Cristo crucificado.

Marcelino con cinco añitos (Pablito Calvo)

Un Cristo muy hablador
Lo más aterrador es que el Cristo  no sólo le responde, sino que además se jala el pan y el vino que el pequeñajo le lleva ante sí. Pero todavía es más inquietante el final, el Cristo (la representación del buen Dios cristiano y protector) le hace el favor al niño de cargárselo, para alcanzar la vida eterna y reunirlo con su madre. Atónito, exhausto, ¿a cuento de qué ha de morir esa criaturita tan inocente y cándida?, ¿no se podía esperar una etapa más adulta el buen Dios para reunirlo con su madre? No sé que viviese un poco más la vida terrenal, que al fin y al cabo tampoco era un mártir ni nada por el estilo. En fin, que me pareció una crueldad, y todo por, según parece, no sólo intentar provocar la lágrima facilona en el espectador, sino también en querernos vender esa premisa de que sólo en la vida eterna vamos a encontrar la paz, si así fuese supongo que el mundo entero deberíamos de convertirnos en una horda de suicidas en masa, porque entonces ¿de qué sirve permanecer en este mundo, si el que cuenta es el otro? La impresión que me da este film es que su mensaje transmisor es un tanto escalofriante, aunque bueno, no hay que olvidar en el contexto en el que estaba situada y no por ello hay que obviarle su calidad cinematográfica, aunque en lo que a mí respecta, no es de mi agrado especialmente.

Pan para el Cristo

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